Rafael Fernández
Imágenes autoexpliclativas

Del 17 se septiembre al 16 de octubre 2020

Inauguración: 17 de septiembre de 2020 - 19:00 horas.
Horario: de martes a viernes de 17.00 a 20.00 h.



Sobre la posibilidad de las imágenes autoexplicativas (…)

«What you are regarding as a gift is a problem for you to solve.»

Ludwig Wittgenstein

(frase reproducida sobre un cristal transparente en una obra del artista conceptual Joseph Kosuth)


¿Si uno no necesita justificar lo que hace, ni se considera artista, por qué insiste en enfrentarse a ese hacer venir esas imágenes que aparecen y finalmente ve? Desde la aparición del surrealismo y posteriormente del expresionismo abstracto, hemos tenido que reformular la forma en que nos preguntamos por lo que vemos, ¿cuál es su naturaleza? ¿cómo nos acercarnos a esas imágenes? ¿cuáles son sus funciones? ¿qué lugar ocupa el autor ante la idea de producción de las mismas? ¿cómo son producidas?. En nuestro caso quizás no tenga sentido la palabra imagen sin profundizar algo más y sin abordar a su vez la idea del inconsciente colectivo y del arquetipo junguiano.


Las fuentes de inspiración de lo que aquí podemos ver: El libro rojo de Carl Gustav Jung, un libro extraño lleno de visiones sobre lo suprasensorial, o lo espiritual que emana, por ejemplo, de las pinturas de Mark Rothko.


Lo que el artífice nos presenta son tres lienzos de algo que nos remiten estilísticamente a ese movimiento que Juan Eduardo Cirlot denominó informalismo, algo que podría estar entre la abstracción lírica, la pintura matérica, el expresionismo abstracto o, en definitiva, ese ‘arte otro’ donde lo gestual impone. Vemos los rasgos de la pintura de Tapies y su trascendencia matérico simbólica (sabemos por otra parte y así nos lo cuenta, que donde vemos unas pinturas abstractas el autor, que no quiere ser autor, intenta ver). A través de ese proceso de renuncia a su propia presencia, negándose o haciéndose innombrable, como otros muchos hicieron antes, cuando se pone frente al lienzo, se presenta como quien ha sido elegido, en un gesto aparentemente sagrado (sacer), para formular esa interrogación y esa impronta que deja una mano depositando la pintura sobre un determinado soporte. Pero es en todo caso, siguiendo esa relación negativa de su presencia obliterada, con lo sagrado, un sacrificio. Es quizás esta renuncia, en la que él mismo se da en forma de pregunta para reencontrarse en las visiones que estas imágenes le devuelven.

Cuando decimos “Imágenes auto-explicativas” nos vemos obligados a profundizar también etimológicamente en lo que esto quiere decir, pues también las palabras acuden a nuestro encuentro para desentrañar lo que se esconde en eso que estamos observando. Es sabido que la palabra imagen tiene su origen griego en imago, de donde procede, entre otras, la palabra imaginación. Para los griegos la mímesis (techne mimetike), tan mal entendida en su versión latina, la imitatio, consideranda entonces no tanto como representación de la forma o la ilusión de realidad figuracionista, que según la lectura negativa platónica es una versión engañosa de lo real contrapuesta al mundo supra-sensible de las ideas y que nos aleja de la verdad, sino como la mímesis en la valorización de la misma que Aristóteles hace en La Poética, como representaciones sensibles de lo interno, un mundo alternativo al de la fisi, el mundo de las experiencias; la forma como abstracción, como posibilidad alternativa, es decir, como otra realidad posible.

Sigamos el título y con la etimología. El prefijo “auto” procede de autós ‘propio’, ‘mismo’. Por otra parte “explicar” es un préstamo del latín explicare, de dondeex-, es ‘sacar’, ‘ausencia’ o ‘privación’, y plicare ‘doblar, plegar’, por lo tanto explicar  es ‘desdoblar, desarrollar, desplegar’.  Por lo que podríamos estar hablando de las formas de imaginación desplegándose, presentándose sin dobleces a si mismas, hacia afura.

Pero ¿pueden las imágenes explicarse a sí mismas? Es más ¿si pueden explicarse por sí mismas, porque habrían de necesitar este texto lleno de preguntas?

Lo que este título nos lleva a pensar, es en las imágenes internas, en representaciones no ya de lo real sino de lo deseado en cada uno de nosotros, que se despliegan hacia fuera, que se nos presentan sin dobleces, imágenes que salen fuera de sus propias envolturas formales. Imitaciones de lo posible desplegadas en ausencia sobre sí mismas.

Estas piezas de Rafael Fernández surgen probablemente de “Anhelo interior” indicado en El Libro rojo de Jung. Es esta una lectura que inspira a este no autor, que debe apartar los propios deseos de pensamientos para encontrarse ante la búsqueda de lo espiritual. Enseguida pensamos en el libro de Kandinsky “De lo espiritual en el arte” donde podemos encontrar otras complejidades relacionadas con el dentro y el fuera.

El contrasentido es según sus planteamientos que “quien posee la imagen del mundo posee la mitad del mundo”, y no solo con ellas basta para este encuentro con lo que no somos aún. Ese yo que no es otra cosa que el niño que fuimos, solo puede ser con ese supra-sentido que viene de la introspección en los sueños que trae también ante nosotros a todos nuestros muertos como los presagios indescifrables de lo que existe más allá de la imagen.

Hay que imaginarse a Rafael Fernández, al pintor, pasándose horas sin pintar, mirando el efecto que cada acción de su manos vertiendo pintura tiene sobre el soporte. Lo que hace es de algún modo, según nos dice, una forma de meditación, es decir, de mediación entre sí y sí mismo a través de este gesto. Se sacrifica por ello en la negatividad de aquello que ya no es él para finalmente poder traer aquello que con sus arquetipos Jung denomino el inconsciente colectivo. Es la genealogía estética de esos pequeños acontecimientos que nos han sido transmitidos a través de “pequeñas verdades sin apariencia” de su pasado, y que es el pasado de todos, en el sentido en el que, según Foucault, Nietzsche opone La Genealogía a la Historia.

Imaginemos al artífice de estas imágenes en plena contemplación. En cuanto a contemplar, se trata de una palabra que deriva del latín, exactamente del verbo “contemplari”, que puede traducirse como “mirar detenidamente un espacio concreto”. Asimismo hay que exponer que ese es fruto de la suma de dos componentes delimitados: el prefijo “con-”, “junto” y el sustantivo “templum”, “templo” o “lugar sagrado desde el que mirar el cielo”, pero del latín templum ‘recinto sagrado’, procede de griego τέμενος - del verbo τέμνειν que significa ‘cortar’, ‘recortar’. Es pues un recinto reservado para los dioses, recortado, separado, aislado. Un espacio delimitado y sagrado (sanctus) y, por tanto, inviolable. Sanctus viene de nuevo según algunas lecturas del verbo sancire ‘delimitar’, ‘establecer’, ‘acotar’.

Ese sector de cielo que permitía observar las estrellas buscando augurios, signos o señales es, para el pintor, el cuadro en el que expone su contemplación. En este caso, un cuadro es un templo. Es en definitiva ese lugar sagrado donde buscamos aquello que Jung denominó arquetipos.

Todas las religiones entendieron este principio de lo parsimonioso y la necesidad del detenerse. Y es aquí donde entendemos que son la disposición y la intención hacia la contemplación, tanto de aquel que emprende el proceso como del espectador, las que propician que igual que sucede con la fe uno pueda creer que aquellos que siente en su interior tienen la posibilidad de aparecer en el mundo real, en los objetos creados.

Pero ¿por qué se exponen estas imágenes entonces? Analicemos si acaso lo que esconde la palabra exposición y qué necesidad de exponerse tienen ciertas acciones. Exponerse es, como se puede entender, ‘poner fuera’ y, por lo tanto, es por ello por lo que salen esas imágenes a nuestro encuentro.

¿Existen imágenes que desde su exterioridad se  hacen entender o debemos ayudarlas a salir de sí?

La palabra meditar, nos invita a pensar en el mediar, a interceder entre la imagen cuya ‘inmanencia’, más acá de la acción azarosa de la mano humana, ya de por sí sospechosa, nos impele a buscar su explicación desde su misma aparición frente a nosotros. Pero es nuestra presencia la que se hace evidente en este intento de comprensión de aquello que no la necesita, según la premisa de nuestro título.

Si el lector ha llegado hasta aquí ya habrá entendido que este no es el lenguaje adecuado. Este es el problema de la Écfrasis de este tipo de imágenes. Analogías o arquetipos serían excusas para intentar ver. Serían como estas preguntas que en muchos casos nos ayudan a esquivar la palabra arte o a dar sentido a la propia existencia más allá del trabajo inútil a nuestra necesidad de evitar la dictadura de la verdad como lo único existente. Huyamos del nihilismo por un momento y volvamos a mirar para intentar ver.

«Los años... en los que perseguí las imágenes interiores fue el momento más importante de mi vida.»

Carl Gustav Jung

En la búsqueda del sentido de la vida, en su libro rojo, Jung, persigue, pese a nuestra incredulidad y contra cualquier método científico, dar un sentido genealógico, más allá de profético, a la inminencia de aquello que brota de su inconsciente. La finalidad de su búsqueda introspectiva en el inconsciente es la iluminación de cada aparición como algo que late en nuestro interior. Pero cuando lo que aparece es la imagen creada, mediando al menos la mano y/o la acción del sujeto, es ‘uno otro’, el que hace aparecer o el que quiere ver en su acción un gesto lanzado al futuro.

La humanidad siempre quiso darle sentido a todo y gracias al mundo simbólico que finalmente se explica a través de las imágenes hechas verbo, y antes del logos con el mito, pusimos orden a esa psicosis que tuvo que ser no encontrarle sentido a nada. Porque uno hizo lo que hacía y estaba donde estaba por algo. El sentido nos conforma. El gran motor del mundo siempre fue una pregunta, por absurda que pareciera. Ahora necesitamos darle explicaciones a todo y es raro que nos detengamos a observar algo sin que medien las palabras. A priori nos impiden ver lo que está ante nosotros sin la dictadura de lo razonable y sin embargo nos enseñan a ver. ¿Pero cuáles son las preguntas adecuadas? Seguiremos buscándolas mirando, contemplando.

No hablamos del ver de cualquier modo, sino del ver en ese momento iluminado proporciona el encuentro con lo que a veces llamamos arte, a través de ‘aquello-otro’ que los iniciados llaman experiencia estética. Eso que tanto nos cuesta entender. Eso que solo puede suceder en un encontrarnos en esa imagen, en ese instante en que se nos aparece, en ese ‘estar-ahí’. El arte es lo que hace posible lo visible imaginado. Entonces, es quizás en ese todo en la que se encuentran las partes que llamamos composición, la imagen todo en la que finalmente puede manifestarse lo espiritual.

בראשית היה הדבר והדבר היה עם אלוהים והדבר היה אלוהים,

“En el principio era el Verbo,  y el Verbo era con Dios,  y el Verbo era Dios”.

El verbo es aquello que, en cuanto forma, se nombra a sí mismo. Quizás todo sean palabras y muchas estén aún por venir o tengamos otras formas de nombrar, pero una écfrasis aparentemente inútil que intenta hacernos entender, también podría fracasar y distraernos. Finalmente parece que todo son preguntas ante la certidumbre sensible. Sigamos.


Sobre el tema nos dice Adorno que “de acuerdo con esto y en contra de la concepción estética habitual, el todo solo existiría debido a las partes, a su καιρός al instante, no al revés lo que se opone a la mimesis quiere finalmente servirle. Quien reacciona de manera pre-artística, quien ama pasajes de una música sin prestar atención a la forma, tal vez sin percatarse de ella, percibe algo que se expulsa con razón de la educación estética y que empero es esencial para ella.”

Theodor W. Adorno nos dice también que todos disfrutamos en algún momento de nuestras vidas, aún sin nociones de estética, de esos detalles que nos elevan, sin saber aquello de que el todo es más que las sumas de las partes  “sin embargo, esos detalles reciben su luminosidad solo gracias al todo”. Ahora bien, aunque sin ese todo las partes no serían nada, el todo no llegaría a iluminarnos durante ese instante que denominamos la experiencia estética sin la participación adecuada de las partes que lo conforman. Y digo conformar, pues en un “formarse con”, lo uno con lo otro y lo otro con lo uno las imágenes parece que sean auto-explicativas. Incluso en su oposición, es decir en contra, forma, contra forma, figura y fondo, del mismo modo que la oscuridad es necesaria para la luz o el silencio para la música, y en este desvelarse, donde despierta la forma nombrada, ya sin velo, es donde además tiene su lugar el arte que además sólo se da en cada uno.

Hay algo más que lo que vemos en el ver. No descartemos el logos, hablemos de estos actos absurdos que muchos no entenderán, ese Logos que es el mundo laico de la palabra, el hablar y el pensar hablando.

Paco Nadie








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